Declaración doctrinal de Estudios Bíblicos Cristianos

Esta declaración doctrinal resume las convicciones bíblicas que orientan la enseñanza de Estudios Bíblicos Cristianos. Nuestra identidad es cristiana, apostólica, pentecostal y unicitaria.

Creemos que la fe debe descansar en la Palabra de Dios y que toda doctrina necesita estudiarse dentro del contexto de los pasajes que la sostienen. Por eso procuramos distinguir entre lo que la Escritura afirma directamente, la comprensión doctrinal que sostenemos y las interpretaciones que otros lectores cristianos presentan cuando una diferencia resulta importante.

Esta declaración no reemplaza el estudio personal de la Biblia ni pretende desarrollar cada doctrina con toda su amplitud. Su propósito es permitir que el lector conozca con claridad desde qué convicciones se preparan los contenidos de la academia.

El propósito formativo y los públicos a los que servimos se presentan en Acerca de Estudios Bíblicos Cristianos.

La Biblia como Palabra de Dios

Creemos que la Biblia es inspirada por Dios y constituye la autoridad fundamental para la fe, la doctrina y la vida cristiana. Las Escrituras enseñan, corrigen, instruyen y preparan al creyente para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios (2 Timoteo 3:16-17; 2 Pedro 1:20-21).

La autoridad bíblica no depende de la opinión de un comentarista, de una tradición religiosa ni de la experiencia personal. Los comentarios, diccionarios, obras históricas y estudios teológicos pueden aportar información valiosa, pero permanecen sujetos al examen de la Escritura.

Utilizamos la Reina-Valera 1960 como traducción principal. La manera en que identificamos las citas y comparamos otras traducciones se explica en Versión bíblica utilizada en Estudios Bíblicos Cristianos. Los criterios para reconocer datos, interpretaciones y aportaciones externas pueden consultarse en nuestra Política de fuentes y citas de Estudios Bíblicos Cristianos.

Un solo Dios verdadero

Creemos en un solo Dios, eterno, indivisible, santo, creador de todo cuanto existe y único Salvador. La confesión bíblica declara: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deuteronomio 6:4).

Esta enseñanza se mantiene a lo largo de la Escritura. Dios afirma que antes de él no fue formado dios ni lo será después, y que fuera de él no hay Salvador (Isaías 43:10-11). También declara que es el primero y el postrero y que no hay otro Dios fuera de él (Isaías 44:6, 8).

Jesús reafirmó que el principal mandamiento comienza reconociendo que el Señor nuestro Dios es uno (Marcos 12:29). Los apóstoles conservaron esta confesión al enseñar que no hay más que un Dios (1 Corintios 8:4-6; Efesios 4:4-6; 1 Timoteo 2:5).

Por tanto, no creemos en tres dioses ni en tres seres divinos independientes. Confesamos al único Dios que se ha dado a conocer en la creación, en la historia de la redención y de manera plena en Jesucristo.

Jesucristo, Dios manifestado en carne

Creemos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. En él, el único Dios vino al encuentro de la humanidad para salvarla.

El Verbo que era Dios fue hecho carne y habitó entre nosotros (Juan 1:1, 14). En Jesucristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9), y Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Corintios 5:19).

Como hombre, Jesús nació de María, creció, tuvo hambre, padeció, fue tentado sin pecado y murió realmente. Como Dios manifestado en carne, perdonó pecados, recibió adoración, reveló al Padre y venció la muerte.

Cuando Felipe pidió ver al Padre, Jesús respondió que quien lo había visto a él había visto al Padre, porque el Padre permanecía en él y realizaba sus obras (Juan 14:8-11). Su afirmación «Yo y el Padre uno somos» expresa la unidad divina revelada en su persona (Juan 10:30).

Comprendemos la expresión «Hijo de Dios» en relación con la encarnación y la obra redentora. El Hijo fue engendrado en María por obra del Espíritu Santo y vivió una existencia humana verdadera. No confesamos a un Hijo divino separado eternamente del Padre, sino al único Dios revelado en una humanidad real para nuestra salvación.

Jesucristo murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó corporalmente al tercer día y fue exaltado. Él es el único mediador entre Dios y los seres humanos, el Señor de la iglesia y el único nombre en el que hay salvación (1 Corintios 15:3-4; Hechos 4:12; 1 Timoteo 2:5).

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

La Biblia habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y recibimos plenamente este lenguaje bíblico.

Entendemos estas expresiones dentro de la revelación del único Dios:

  • El Padre se refiere a Dios en su divinidad, trascendencia y relación con su creación.
  • El Hijo se refiere a la manifestación real de Dios en carne para realizar la obra de redención.
  • El Espíritu Santo es el Espíritu del único Dios presente y obrando en su pueblo.

Estas expresiones no describen tres dioses ni tres centros divinos independientes. El Dios que se reveló como Padre habitó en el Hijo y vive en los creyentes por su Espíritu.

Jesús prometió la venida del Consolador y también afirmó: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros» (Juan 14:16-18). Los apóstoles hablaron del Espíritu de Dios y del Espíritu de Cristo al describir la misma presencia divina obrando en el creyente (Romanos 8:9-11).

Por esta razón, nuestra confesión de Jesucristo no disminuye al Padre ni al Espíritu Santo. Reconoce que toda la plenitud de Dios ha sido revelada en Cristo y que el único Dios continúa obrando por su Espíritu.

El Espíritu Santo y su obra

Creemos que el Espíritu Santo es Dios presente y activo en la iglesia. Él convence de pecado, guía a la verdad, regenera, santifica, fortalece, consuela y capacita a los creyentes para testificar de Jesucristo (Juan 16:7-13; Hechos 1:8; Romanos 8:9-16).

La promesa del Espíritu Santo pertenece a quienes responden al evangelio y se extiende a todas las generaciones llamadas por Dios (Hechos 2:38-39).

Sostenemos que, en el libro de los Hechos, el hablar en otras lenguas conforme el Espíritu da que se hable aparece como la señal inicial observable de la recepción del Espíritu Santo. Esto se manifiesta en Pentecostés, en la casa de Cornelio y entre los discípulos de Éfeso (Hechos 2:4; 10:44-46; 19:1-6).

Esta señal inicial se relaciona con la experiencia de recibir el Espíritu. El don de diversos géneros de lenguas tratado en 1 Corintios 12–14 cumple una función congregacional particular y debe ejercerse bajo los principios de amor, orden y edificación.

La vida llena del Espíritu no se reduce a una experiencia inicial. Se manifiesta en obediencia, fruto espiritual, oración, testimonio, servicio y crecimiento en santidad.

La condición humana y el pecado

Creemos que Dios creó al ser humano con dignidad y responsabilidad moral. Sin embargo, el pecado entró en la experiencia humana y produjo separación de Dios, corrupción y muerte.

Todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). La paga del pecado es muerte, y ninguna persona puede salvarse mediante méritos, obras religiosas o esfuerzo moral (Romanos 6:23; Efesios 2:1-9).

El pecado no consiste solamente en acciones externas. Afecta el corazón, los pensamientos, los deseos, las palabras, las relaciones y la conducta. Por eso, la salvación requiere más que una mejora personal: necesita la intervención de la gracia de Dios y una vida nueva en Jesucristo.

Salvación por la gracia de Dios

Creemos que la salvación procede de la gracia de Dios y se recibe mediante la fe en Jesucristo. Nadie puede comprarla, merecerla ni alcanzarla por sus propias obras (Efesios 2:8-10; Tito 3:4-7).

La gracia no convierte la obediencia en algo innecesario. La misma gracia que salva enseña al creyente a renunciar a la impiedad y a vivir sobria, justa y piadosamente (Tito 2:11-14).

La fe salvadora incluye confianza en Jesucristo, reconocimiento de su señorío y una respuesta obediente al evangelio. No se limita a aceptar intelectualmente determinados hechos, sino que conduce al arrepentimiento, al nuevo nacimiento y a una vida transformada.

El nuevo nacimiento de agua y del Espíritu

Creemos que Jesús enseñó la necesidad de nacer de agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (Juan 3:3-5).

El día de Pentecostés, cuando las personas preguntaron qué debían hacer, Pedro respondió:

«Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38).

Comprendemos el nuevo nacimiento como la obra salvadora de Dios recibida mediante una respuesta de fe que incluye arrepentimiento, bautismo en el nombre de Jesucristo y recepción del Espíritu Santo.

Estos elementos no son méritos humanos que compren la salvación. Son la respuesta bíblica a la gracia de Dios manifestada en el evangelio.

Arrepentimiento

El arrepentimiento es un cambio del corazón y de la mente que conduce a abandonar el pecado y volverse a Dios. Incluye reconocimiento, confesión y disposición a obedecer.

Jesús ordenó que se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados en su nombre (Lucas 24:46-47). Los apóstoles llamaron a todas las personas a arrepentirse y convertirse (Hechos 3:19; 17:30).

El arrepentimiento verdadero produce frutos visibles, aunque el crecimiento cristiano continúe después de la conversión.

Bautismo en el nombre de Jesucristo

Creemos que el bautismo cristiano se administra por inmersión en agua a quienes han creído y se han arrepentido. Lo realizamos en el nombre de Jesucristo, conforme al testimonio apostólico.

En el libro de los Hechos, los creyentes fueron bautizados en el nombre de Jesucristo o del Señor Jesús (Hechos 2:38; 8:16; 10:48; 19:5). Pablo también relacionó el bautismo con la invocación del nombre del Señor y el lavamiento de los pecados (Hechos 22:16).

El bautismo expresa unión con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (Romanos 6:3-4; Colosenses 2:12). No es solamente una ceremonia social, sino una respuesta de fe y obediencia vinculada al nuevo nacimiento.

Recepción del Espíritu Santo

Creemos que Dios promete dar su Espíritu a quienes le obedecen y responden al evangelio (Lucas 11:13; Hechos 5:32).

Recibir el Espíritu Santo significa que Dios viene a habitar en el creyente, le concede vida espiritual y lo incorpora a la experiencia de su pueblo. Esta presencia capacita para testificar, luchar contra el pecado, desarrollar el fruto del Espíritu y servir con los dones que Dios reparte.

La experiencia del Espíritu debe continuar en una vida de oración, comunión, obediencia y sensibilidad a la dirección divina.

Santidad y transformación cristiana

Creemos que Dios llama a su pueblo a vivir en santidad. La santidad no es un medio para ganar la salvación, sino el fruto de la gracia, de la presencia del Espíritu y de una vida rendida a Jesucristo.

La Escritura llama a los creyentes a ser santos en toda su manera de vivir y a seguir la santidad sin la cual nadie verá al Señor (1 Pedro 1:15-16; Hebreos 12:14).

Esta transformación abarca el corazón y la conducta. Incluye pensamientos, palabras, relaciones, decisiones, administración del cuerpo, integridad, sexualidad, uso de bienes, trato al prójimo y testimonio cristiano.

La santidad no se reduce a reglas externas, pero tampoco queda limitada a una intención interior que nunca transforma la conducta. Dios obra desde el corazón y produce una manera de vivir que refleja su carácter.

El creyente continúa creciendo, corrigiendo actitudes y aprendiendo obediencia. Cuando peca, encuentra en Jesucristo perdón y restauración al confesar su falta y volver a Dios con sinceridad (1 Juan 1:7-9; 2:1-2).

La iglesia y su misión

Creemos que Jesucristo edifica su iglesia y que todos los creyentes forman un solo cuerpo bajo su señorío (Mateo 16:18; 1 Corintios 12:12-27).

La iglesia se expresa en comunidades locales que perseveran en la enseñanza apostólica, la comunión, el partimiento del pan, la oración, la adoración, el servicio y el testimonio (Hechos 2:42-47).

Su misión incluye:

  • anunciar el evangelio;
  • hacer discípulos;
  • bautizar en el nombre de Jesucristo;
  • enseñar la Palabra de Dios;
  • cuidar a los creyentes;
  • servir al necesitado;
  • defender la verdad con amor;
  • vivir como pueblo santo en medio del mundo.

Creemos que los ministerios y dones concedidos por Dios tienen como propósito edificar el cuerpo de Cristo, capacitar a los creyentes y ayudar a la iglesia a crecer en madurez (Romanos 12:3-8; 1 Corintios 12–14; Efesios 4:11-16).

Dones espirituales, oración y sanidad

Creemos que los dones del Espíritu Santo continúan disponibles para la iglesia. Dios los distribuye conforme a su voluntad para la edificación, el servicio y el testimonio.

Su ejercicio debe estar acompañado por amor, humildad, discernimiento y orden. Una manifestación espiritual no se evalúa únicamente por su intensidad, sino también por su fidelidad a Jesucristo, su fruto y su contribución a la edificación de la iglesia (1 Corintios 12:4-11; 13:1-13; 14:26-40).

Creemos que Dios puede sanar y que la iglesia debe orar por los enfermos (Santiago 5:14-16). La oración por sanidad descansa en la bondad y soberanía de Dios, no en la manipulación ni en la culpabilización de quien sufre.

La presencia de enfermedad no demuestra automáticamente falta de fe. La iglesia está llamada a orar, acompañar, cuidar y permanecer fiel a Dios tanto en la sanidad como en el sufrimiento.

La Cena del Señor

Creemos que la iglesia debe celebrar la Cena del Señor en memoria de la muerte de Jesucristo y como proclamación de su regreso (1 Corintios 11:23-26).

El pan y la copa recuerdan el cuerpo entregado y la sangre derramada por nuestra redención. La participación requiere reverencia, examen personal, reconciliación y reconocimiento del cuerpo de Cristo.

La Cena no repite el sacrificio de Jesús. Señala la obra completa realizada en la cruz, fortalece la comunión de la iglesia y dirige la esperanza hacia la venida del Señor.

La segunda venida de Jesucristo

Creemos que Jesucristo volverá de manera personal, visible y gloriosa. Su regreso es la esperanza de la iglesia y llama a los creyentes a vivir en fidelidad, vigilancia y santidad (Juan 14:1-3; Hechos 1:9-11; Tito 2:11-13).

Sostenemos una comprensión pretribulacional del arrebatamiento de la iglesia. Esperamos que el Señor reúna a los creyentes resucitados y transformados para encontrarse con él antes del período final de gran tribulación descrito en la profecía bíblica (1 Tesalonicenses 1:10; 4:13-18; 5:9; 1 Corintios 15:51-52).

También sostenemos una comprensión premilenial: Jesucristo volverá en gloria, derrotará a sus enemigos y establecerá su reino milenial sobre la tierra (Apocalipsis 19:11–20:6).

Reconocemos que existen diferencias entre cristianos fieles respecto del orden de determinados acontecimientos proféticos. Nuestra convicción se presenta con claridad, pero evitamos fijar fechas o convertir conjeturas en certezas bíblicas.

Resurrección, juicio y eternidad

Creemos en la resurrección de los muertos y en la responsabilidad de toda persona delante de Dios (Juan 5:28-29; Hechos 24:15).

Los creyentes comparecerán ante el tribunal de Cristo. Este juicio no decide nuevamente su salvación, sino que evalúa su servicio y fidelidad para recompensa (Romanos 14:10-12; 1 Corintios 3:11-15; 2 Corintios 5:10).

Distinguimos este tribunal del juicio final ante el gran trono blanco. En este juicio final, los muertos serán juzgados y quienes no se encuentren inscritos en el libro de la vida enfrentarán la condenación definitiva (Apocalipsis 20:11-15).

Creemos en la vida eterna para quienes pertenecen a Jesucristo y en la realidad de la condenación final para quienes rechazan su salvación.

La esperanza bíblica culmina en cielos nuevos y tierra nueva, donde Dios habitará con su pueblo, enjugará toda lágrima y no habrá más muerte, dolor ni maldición (2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21–22).

Cómo expresamos nuestras convicciones

Esta academia recibe con respeto a lectores de diferentes denominaciones y trasfondos cristianos. Ese respeto no requiere ocultar nuestra identidad ni presentar todas las interpretaciones como equivalentes.

Cuando existe una diferencia importante, procuramos mostrar el texto en su contexto, explicar la convicción que sostenemos y describir con exactitud otras interpretaciones que ayuden a comprender el asunto.

Nuestra Metodología editorial de Estudios Bíblicos Cristianos explica con mayor detalle cómo relacionamos el análisis bíblico, la conclusión doctrinal y la aplicación.

No buscamos promover controversias innecesarias ni atacar a otros creyentes. Deseamos presentar nuestras convicciones con claridad, fundamento bíblico, humildad y disposición a ser corregidos por la Palabra de Dios.

Quienes deseen profundizar en cada enseñanza pueden consultar Doctrinas bíblicas fundamentales, donde se organizan los estudios dedicados a Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo, la salvación, el nuevo nacimiento, el bautismo, la iglesia y la esperanza cristiana.

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